Para Karen Gil Romero, el GLP en cilindro es su fuente de economía

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Para Karen Gil Romero, el GLP en cilindro es su motor de supervivencia y economía

En Bogotá, Karen Lorena Gil tiene un pequeño puesto de empanadas, churros y arepas que se ha convertido en su fuente de trabajo y sustento. Esta es su historia, que hace parte de la franja “GLP para vivir”, que narra las historias de emprendedores que venden comida en la calle preparada con pipetas de GLP.

Bogotá, 29 de mayo del 2026. El frío de la noche en Bogotá no da tregua, pero en una de sus esquinas el calor de una parrilla y el aroma a arepas asadas, empanadas y churros ofrecen un refugio para los transeúntes. Detrás de este puesto de comida callejera está Karen Lorena Gil Romero, una mujer de 29 años oriunda de San Marcos, Sucre, que hace tres años llegó a la capital en busca de un futuro. Como madre soltera de dos pequeñas, Luz Adriana y Melanie, el sustento diario depende enteramente de sus propias manos y de un aliado silencioso pero fundamental: su “pipeta” de Gas Licuado del Petróleo (GLP).

“Gracias al gas de pipeta me he ayudado mucho para el sustento de mis hijas, porque soy madre soltera y no tengo ayuda de nadie”, relata Karen con una dignidad que desarma. Su testimonio, recogido por el gremio GASNOVA, no es un caso aislado; representa la realidad de miles de microempresarios y trabajadores de la economía popular que encuentran en el espacio público su única alternativa de empleo y subsistencia.

Sin embargo, el uso de cilindros de gas en las calles de la ciudad suele ser objeto de estigmatización y rigideces normativas. Desde una perspectiva técnica, económica y social, defender el uso seguro del GLP en el espacio público no solo es una necesidad humanitaria, sino un acierto para la dinámica urbana.

El diseño urbano y la infraestructura de gas natural por red están pensados para la rigidez de la vivienda y la industria formal. Exigir la formalización física a un vendedor ambulante equivale a condenarlo al desempleo. Aquí es donde el GLP en cilindros demuestra su superioridad técnica: es una energía intrínsecamente portátil.

La alta densidad energética del GLP permite almacenar una gran cantidad de poder calorífico en un volumen sumamente reducido. Para emprendedores como Karen, esto se traduce en la autonomía necesaria para operar durante largas jornadas sin depender de conexiones eléctricas o de combustibles arcaicos y altamente contaminantes como el carbón de leña.

Rechazar el uso del GLP en las calles bajo una premisa puramente punitiva ignora los tres pilares del desarrollo sostenible. Por un lado está su eficiencia ambiental frente a alternativas altamente contaminantes; el GLP es un combustible limpio, catalogado por la legislación colombiana como una energía de transición. Su combustión emite niveles mínimos de material particulado y gases de efecto invernadero en comparación con la gasolina, el diésel o el carbón. Prohibir el GLP en las ventas callejeras empujaría a muchos a volver a cocinas de leña o combustibles líquidos de mayor riesgo ambiental y de salud pública.

Por otro lado, el uso de cilindros de GLP es seguro cuando se adquieren con las empresas distribuidoras autorizadas por la Superintendencia de Servicios Públicos Domiciliarios. El camino correcto para el espacio público no es la persecución, sino la capacitación en manipulación segura (ventilación, uso de reguladores técnicos y mangueras certificadas) y la inspección preventiva.

El caso de Karen Gil evidencia cómo el acceso a esta fuente de energía mitiga la vulnerabilidad social. En Colombia, una parte sustancial de la economía informal está liderada por mujeres cabeza de hogar. Restringir sus herramientas de trabajo es vulnerar directamente los derechos de la infancia que de allí se alimenta. El GLP no es solo una mezcla de propano y butano; en las calles de Bogotá, es la tecnología que permite democratizar el acceso al trabajo digno.

El debate sobre el espacio público en las grandes urbes de América Latina debe transitar de la doctrina de la prohibición a la política de la regulación inteligente. Historias como la de Karen Gil Romero nos recuerdan que detrás de cada cilindro de gas hay una familia que se sostiene de manera honrada. Asegurar que este energético se use de forma segura y legal en nuestras calles es el verdadero reto de una ciudad que se pretenda inclusiva, moderna y con sensibilidad social.

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